martes, 17 de enero de 2012

NOCHE DE BLANCO SATAN (fragmentos)

Os presento algunos fragmentos de mi comedia de terror "NOCHE DE BLANCO SATÁN", subtitulada 'Comedia negra en dos actos y una maldición'. De todo corazón espero que lo paséis de miedo...:

"BRAULIO.― ¡Que no, que no! ¡Que no es eso, Felisa! (Mira atrás de nuevo por un instante): En esta pensión ocurren cosas muy extrañas… Desde hace días, me…, me…, no me dejan dormir…
 
FELISA.― La pareja de la habitación arriba de la suya... Sí, son gente formal, buenos clientes, pero un poco ruidosos. Muy
“efusivos” por la noche, ¿eh…? (y le guiña un ojo)

BRAULIO.― ¡No, no! ¡Yo le hablo de otra cosa!

 
FELISA.― No le sigo.

 
BRAULIO.― Pues sígame… (Y avanza mientras comprueba por un instante que no les oyen, un metro o dos hacia el centro de la embocadura, siguiéndole FELISA) Felisa, en mi habitación hay…
¡“criaturas”…!

FELISA.― ¡¿Criaturas?! ¡Imposible! En esta época del año no hay cucarachas en mi pensión, y las ratas, se marcharon todas juntas cuando dejé de ponerles aquellas trampas con queso.

 
BRAULIO.― ¡No, no! ¡Fantasmas, espectros, diablos…! Sobre todo un diablo, ¡así de grande! (haciendo un gesto con las manos) Felisa (la agarra del brazo), ¡mi habitación está encantada, está maldita! ¡Y maldita sea mi estampa, pase que me acueste cada noche con Belcebú, y que la cama huela a azufre, que las ventanas y puertas se abran y se cierren solas, y que me atormente y que me asuste, y que mi armario-ropero sea la puerta del mismo Averno,
pero que los demonios no me dejen pegar ojo, eso sí que no lo perdono…! ¡Qué diablos…!"
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"TERESA.― Tengo
tooodo el día libre para pasear sin rumbo, aquí y allá… Ya sabe que aún no me he terminado de establecer en esta ciudad. Para una recién llegada como yo, es como si todavía no fuera parte de aquí, pero como si no fuera tampoco ya de donde vengo… Es extraño…
 
BRAULIO.― (tras un silencio, empático): Vaya… ¿Y cómo lo lleva…?

 
TERESA.― Pues unos días muy bien, y otros, muy mal…

 
BRAULIO.― Ajá… Muy bien…

 
TERESA.― No, unos muy bien, pero otros muy mal.

 
BRAULIO.― Ah, bien…

 
TERESA.― Bueno, sí, algunos… (Tras una breve pausa, recobrando el ánimo): Quería ahora acercarme hasta unos almendros preciosos en flor que vi el otro día. (...)"
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"SRA. PÍA .― (mirando a los espectadores): Decía… Decía que tal vez, después de todo, sí que tengan motivos para tenerle miedo a la oscuridad… en esta pensión.

 
    (TERESA y BRAULIO vuelven a mirarse. Se va nuevamente la luz... TERESA y BRAULIO se inquietan. BRAULIO enciende el quinqué y el escenario queda así iluminado en una penumbra.)

 
BRAULIO.― Vaya… ¿A…, a qué se refiere, señora Pía?

 
SRA. PÍA.― Bueno… No creo que quieran oírlo…

 
BRAULIO Y TERESA.― (tras mirarse por un instante): ¡Queremos, queremos!

 
SRA. PÍA.― Puede…, puede que no sean más que historias de viejas… Verán… (Misteriosa): A veces, se cierra de golpe una ventana o una puerta, y nos asusta… Y decimos: “ha sido el viento…” Otras, el suelo cruje de madrugada, y creemos oír pasos que se acercan en la oscuridad, mientras en la cama oímos nuestra respiración y el latir de nuestro corazón y se nos hiela la sangre… O, tal vez… Tal vez se apaga una vela… (mirando atrás a los otros), y nos preguntamos si, realmente, ha sido tan sólo el aire…

 
    (TERESA está agarrada del brazo de BRAULIO, ambos amedrentados.)

 
TERESA.― (avanzando sin soltarse de él, seria): ¿Está usted intentando asustarnos, Pía…? Porque si es así…

 
BRAULIO.― Lo está consiguiendo…"




© Diego Fdez. Sández


Para José Fdez. Llamas. 

viernes, 13 de enero de 2012

MIHURA, ARNICHES, GARCIA ALVAREZ Y MUÑOZ SECA...


Miguel Mihura, cuya vida estuvo ligada al teatro desde su primera infancia (su padre Miguel Mihura Álvarez fue empresario de teatro, actor y también autor), nos cuenta cómo conoció personalmente a algunos de los más grandes autores de comedia de finales del siglo XIX y principios del XX: Carlos Arniches, Enrique García Álvarez, y Pedro Muñoz Seca.

Mihura nos da privilegiado testimonio de cómo era personalmente cada uno de estos míticos comediógrafos que formaran este triunvirato de oro, y cómo, cada uno con sus peculiaridades, se enfrentaban al momento de la lectura de sus obras y al de sus estrenos:

"Los ratos en que no extendía vales", nos narra Mihura, "o hacía cuentas —siempre equivocadísimas, por cierto—, escuchaba en el escenario la lectura de nuevas obras que iban a estrenarse y asistía a todos los ensayos y, naturalmente, a todos los estrenos.

Me divertía extraordinariamente oyendo leer sus obras a Enrique García Álvarez —el autor que yo más he admirado en mi juventud, el más desorbitado, el menos burgués, quizá el maestro de los que después empezamos a cultivar lo disparatado—, que al mismo tiempo que leía la comedia la representaba, y hacía gestos tremendos, y tosía, y lloraba, y se tiraba por el suelo si era preciso, y se movía de un lado a otro, y reía de sus cosas, sin importarle nada que los actores viejos y clásicos se riesen o no.

Fui testigo del miedo terrible de don Carlos Arniches, que después de haber estrenado centenares de obras y ser quizá el autor más aplaudido, bajaba a contaduría durante los estrenos y allí se quedaba, a mi lado, pálido, silencioso, descompuesto, esperando el fallo del público.

Fui amigo del ingeniosísimo Muñoz Seca, tan cordial, tan simpático, tan señor, tan optimista, que me dejaba pasmado con su talento y sus invenciones, y al que yo —un pollito—, defendía a gritos en los vestíbulos de los teatros cuando algún viejo estúpido y malintencionado intentaba atacarle."