jueves, 26 de marzo de 2015

"NOCHE DE BLANCO SATÁN": Introducción (¡texto completo!)


NOCHE
DE BLANCO
SATÁN

-Comedia negra en dos actos y una maldición-
  


INTRODUCCIÓN



            Al levantarse el telón, vemos la habitación de una pensión, totalmente desordenada, con todo removido aquí y allá. El mobiliario y los adornos son los que podríamos esperar en una pensión, correctos pero nada más. En el foro derecha, una puerta. A su lado el interruptor de la luz y un espejo. A la derecha del escenario, en el primer término junto al lateral, un ropero. A la izquierda, BRAULIO, un señor de mediana edad, está de pie andando sobre una cama cuyas mantas y sábanas están igual de revueltas. Va en pijama, y tiene el pelo tan revuelto como las sábanas y cara de no haber dormido, pálida y con ojeras.

            Junto a la cama hay colgado un cuadro (sería muy apropiada una escena inglesa de caza del zorro o similar), y al lado, una ventana con la persiana echada. También junto a la cama un pequeño escritorio y una silla.


BRAULIO.― (caminando a lo largo y ancho de la cama): ¡Esto es el acabose! ¡Ni un minuto! ¡Que no haya podido dormir ni un minuto en toda la noche…! (gesto de impotencia y desesperación) ¡Ahora, que esto no va a quedar así! ¡Vaya que no! ¡Ahora mismo (salta de la cama) pienso hablar con la dueña de la pensión! ¡Me va a oír! (Comienza a vestirse con las prendas de ropa diseminadas por el suelo y sobre la cama, sentándose en ésta y poniéndose un pantalón sobre el de pijama, y a continuación el resto de la ropa. Mientras): ¡Como que me llamo Braulio Gaztelupe! ¡Vamos, hombre…! (Llaman a la puerta. BRAULIO se levanta de golpe, con el jersey a medio poner) ¿Síi…?

Voz de FELISA.― ¿Está usted bien…? (Tras una pausa): ¿Braulio…?

BRAULIO.― ¡Sí, sí, bien…!


            (Azorado, se ha dejado el jersey a medio bajar, a la altura del pecho. Vuelven a aporrear la puerta.)

Voz de FELISA.― ¿Braulio…?

BRAULIO.― ¡Sí, sigo siendo Braulio…! (En voz baja): ¡Qué pesada…! (Se dirige a la puerta. Se mira por un instante en el espejo y se peina un poco con las manos, mientras vuelven a llamar. Abre la puerta, a través de la misma vemos un pasillo y a FELISA. Serio): Buenos días, Felisa.

            (Esta FELISA es una señora oronda, de unos cincuenta y cinco años, bonachona pero un poco simple.)

FELISA.― Buenos días… (mirándolo de arriba abajo todo el rato, atónita por su mal aspecto y el jersey a medio poner): Eh… Me estaba empezando a preocupar de que le hubiera pasado algo… Como siempre baja usted a desayunar el primero, y hoy se retrasaba tanto… Los demás ya han empezado sin usted.

BRAULIO.― (con ironía): Pues ya ve usted, ¡me encuentro perfectamente! (FELISA vuelve a mirarle de arriba abajo. Con el mismo tono, irritado): ¡He dormido como una rosa, y me he levantado fresco como un tronco…! ¡O al revés!

FELISA.― (bobalicona): Querrá usted decir como una lechuga…

BRAULIO.― ¡Eso! ¡Me he levantado fresco como una lechuga, fresco, y verde! (con inquina, acabando la frase en la cara de FELISA)

FELISA.― Ah… Eh… (va a decir algo más pero no le sale)

BRAULIO.― (exasperado): ¿Sí, Felisa…?

FELISA.― Nada, nada…

BRAULIO.― ¡Hasta ahora, Felisa!, ¡ahora bajo, Felisa!, ¡gracias por preocuparse, Felisa…! (y cierra de un portazo en la cara de FELISA. Se deja recostar con la espalda contra la puerta, resoplando) Y al final no le he dicho nada… (Va hasta la cama, se sienta y encuentra en ella un par de calcetines. Se da cuenta de que se ha puesto los zapatos sin nada debajo, y se los quita para ponerse aquéllos. Mientras): ¡Ahora cuando baje sí que me va a oír…! (Mirando alrededor): ¡Maldita pensión…! (Una vez listo, va al espejo y hace un gesto de desesperación viendo su lamentable aspecto. Contemplando alrededor el desastre en el que se ha levantado, coge y forma una pila de ropa entre sus brazos con las prendas del suelo y va al ropero para lanzarla dentro): Maldito ropero… (y hace una pausa mirándolo pensativo antes de abrirlo. Al abrir lenta y misteriosamente la puerta del mismo —oímos cómo chirría—, se apagan las luces del escenario y sale en su lugar una luz del interior del ropero, a la vez que suena un ruido ensordecedor y espectral): ¡Nada, tú sigue a lo tuyo, ahí tienes, para que te entretengas! (y arroja la ropa al interior)

VOZ FANTASMAL.― (atronadora voz de apariencia sobrenatural, acompañada de ráfagas de viento y juego de luces desde el interior del ropero): ¡VEN Y NO TE RESISTAS MÁS…! ¡VEN…, Y ARRODÍLLATE DELANTE DEL SEÑOR DE LA OSCURIDAD…!

BRAULIO.― ¡Sí, para eso tengo yo hoy las rodillas, para andar haciendo ejercicios! (y, a la vez que se encienden las luces del escenario, cierra la puerta del ropero de una coz. Se dirige a la puerta de la habitación, abre, y mira atrás a los espectadores): ¡Me van a oír! (sale y cierra de un portazo)

- OSCURO -

(CONTINÚA)...

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© Diego Fdez. Sández

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